Una receta

¿Existe una fórmula infalible para comentar jurisprudencia? Por supuesto que no. Sí hay consejos e ideales, y una serie de postulados generales que, mirados con lentes de largo alcance, resultan válidos para todo tipo de textos (y no sólo para los que convocan a este blog). A los fines prácticos, vale la pena intentar la esquematización -no exhaustiva- desarrollada a continuación.
1) Primero y más importante: la calidad del fallo elegido. ¿Cómo tiene que ser? Innovador. Nosotros vamos, en principio, a buscar las novedades positivas o elogiables. ¿Todo tiene que ser encomiable? No, sólo se puede reparar en el párrafo destacable. ¿Cómo saber si la sentencia innova? Porque tiene que convertirse en una pieza que avance en la tradición jurídica local. No hace falta que sea la invención de la pólvora. Pero sí tiene que aportar algún valor. ¿Significa que no vamos a mencionar las críticas o las polémicas? Por supuesto que sí lo haremos. La cuestión es si eso será lo central. Y no, no lo será. Será parte del comentario. Pero volvamos al fallo: ¿cómo sabemos si es novedoso? Porque la gente habla de él. Porque es una jurisprudencia que de algún modo rompe el molde. Y nosotros tenemos que ser capaces de defender de algún modo esa novedad. ¿Cómo? Con argumentos. Eso nos lleva directamente a los que sigue: la estructura del comentario.
2) Principio, nudo, desenlace. Empecemos por el título: debe ser suficientemente atractivo y real. No alcanza con uno de los dos atributos si el otro está ausente. Puede tener una bajada de una línea que ayude a aclararlo. El quid de este arte que vamos a emprender es que somos artesanos de la información. Contamos a la gente algo que la gente a lo mejor no sabe y se lo contaremos mejor de lo que se lo contó el fallo: esto, como mínimo, porque, si no, conviene leer la sentencia directamente. Y en esto radica la esencia de El Famoso Módulo III: en que sepamos encontrar el foco y encenderlo.
Principio: tiene que haber un párrafo que sintetice el mensaje sin dar vueltas. Después habrá tiempo, si corresponde, para un pequeño rodeo (nunca recomendable). Pero lo que buscamos es que si sólo se leerá ese párrafo, que ya en sí mismo sea suficientemente adelantador de lo que plantearemos a continuación, como para que el lector decida si se queda (mejor) o si se va. No queremos que el lector nos abandone porque no supimos contarle de qué iba nuestro texto, sino que lo haga porque con un párrafo le bastó para saber si le interesaba continuar o no. Se va, pero no enojado o con la sensación de que perdió el tiempo. Ese primer párrafo posiblemente surja al final del proceso de masticación. Porque aquí vamos a procesar mucho todo, entonces no hay que asustarse si no lo conseguimos de entrada. De entrada sólo habrá un fallo y mucho entusiasmo por desgranarlo. Pero puede que el mensaje, el foco, sólo aparezca después. Entonces por su misma naturaleza, ese primer párrafo es móvil, provisorio e inestable hasta que terminamos de calibrarlo. ¿Y cuándo terminamos de hacerlo? Cuando somos capaces de definir el núcleo del relato.
Nudo: son los argumentos. Pero antes hay que precisar qué estamos comiendo. Necesitamos una descripción sucinta de los hechos y de las partes. Qué pasó en las instancias anteriores, si las hubo. Sí importan los nombres de los jueces. No importa tanto quiénes son las partes: por ejemplo, en un proceso de Familia o Penal con menores o delitos sexuales vamos a omitir los nombres siempre. La técnica común es colocar las iniciales o un alias. Pero es pecado no decir quiénes son los jueces y, llegado el caso, cómo intervinieron. Si eran titulares o subrogantes, por ejemplo. También es importante marcar los tiempos: ¿cuántos años lleva este proceso? En Tucumán, esto es fundamental. Presentados los actores hay que pasar de inmediato a contar qué estableció la sentencia comentada. Ahí viene, entonces, el desarrollo de las razones que nos llevaron a elegir ese fallo y no otro. ¿Tenemos que agotar la fundamentación? No hace falta en principio y siempre que dispongamos de una batería potente de explicaciones. Esto puede ser debidamente aclarado y, con ello, salvado. El autor debe precisar al lector los límites de su trabajo: debe ser capaz de decir que se centrará sólo en un fragmento porque, por algún motivo que también hay que desarrollar, resulta suficiente. El nudo necesita subtítulos. Necesita formas creativas de presentación. No hay que tener miedo a poner un dibujo. O una foto. O un gráfico. Estos recursos son los que mantienen la atención del interlocutor. Por supuesto que hay que ver cómo se incorporan estos elementos, pero sí tenerlos en mente. Aquí estamos huyendo de las partes aburridas del Derecho: no porque no nos guste leer, sino porque nos encanta hacerlo y estamos en contra del estilo forense por antonomasia, que es el que nos cansa.

Algunos tips para el nudo:
a) Citas sin exagerar, y con alternación del modo directo e indirecto.
b) Enumeraciones e incisos también en su justa medida.
c) Regresar en forma permanente a la hipótesis.
d) Brevedad y concisión antes que nada: estamos dando una noticia, no el fallo completo.
e) Contexto: a veces importa más que la sentencia en sí misma. O, mejor dicho, la sentencia a veces no se entiende sin el contexto. Es uno de los déficits más recurrentes en este tipo de textos.
f) Doctrina y derecho comparado: sí, siempre que aporte.
g) ¿Qué hacer con la disidencia? Por supuesto que hay que registrarla de algún modo. Pero nada está dicho de antemano: es necesario ver en qué consiste para determinar su peso.

Desenlace: buscamos un remate que cierre las ideas planteadas al principio y que nos deje con ganas de más, pero no frustrados ni insatisfechos. Primer párrafo y desenlace están vinculados por medio de un hilo invisible que conecta la trama. El final tiene la misma importancia que el resto del texto: no puede morir sin más. Para evitarlo hay que pensarlo, prediseñarlo, imaginarlo y armarlo de antemano. Necesitamos finales, sino gloriosos, al menos que hagan "chan chan".

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